Imágenes en acción (Mundodisco, #10) – Terry Pratchett

La chica titubeó.

—Bueno, vale —asintió—. Pero ya podría habérsete ocurrido otra cosa. Podrías haber dicho que estábamos explorando, o buscando fósiles…

Su voz se fue apagando.

—Sí, a media noche, y tú vestida con una negligente de seda —bufó Víctor—. Por cierto, ¿qué demonios es una negligente?

—Es una negligé —lo corrigió Ginger.

—Vamos, tenemos que volver a la ciudad. Después, a lo mejor me da tiempo a dormir un par de horas.

—¿Cómo que después? ¿Después de qué?

—Vamos a tener que invitar a algo a estos muchachos…

Se oyó un retumbar grave procedente de la colina. Una nube de polvo surgió de la puerta, cubriendo a los trolls. El resto del techo se había desplomado.

—Bueno, ya está —suspiró Víctor—. Se acabó. ¿Crees que se lo podrás explicar con claridad a tu parte sonámbula? No sirve de nada que siga intentando entrar, ya no hay túnel. Está bloqueado. Se acabó. Menos mal.

 

En todas las ciudades hay un bar así. Está escasamente iluminado, y los clientes, aunque hablan, no se hablan realmente entre sí, y además tampoco escuchan. Sólo hablan para dejar salir el dolor que llevan dentro. Son bares para los abandonados, para los desafortunados, para toda esa gente que se ha visto temporalmente apartada de la carrera de la vida y se encuentra en los boxes.

Son bares que hacen negocio.

En aquel amanecer en concreto, los deprimidos clientes ocupaban todo el largo de la barra, cada uno inmerso en su nube de pesadumbre, cada uno convencido de ser el ente más desdichado del mundo.

—Yo lo creé —suspiró Silverfish con tristeza—. Pensé que sería educativo. Que serviría para ampliar los horizontes de la gente. Nunca prendí que fuera un… un espectáculo. ¡Con más de mil elefantes! —añadió, furioso.

—Sí —asintió Detritus—. Ella no sabe lo que quiere. Hago todo lo que me dice, y luego me responde que eso no está bien, que soy un troll sin sensibilidad, que no comprendo las necesidades de una chica. Dice que una chica quiere cosas pegajosas que se comen, en una caja con un lazo, yo voy y hago la caja con el lazo, ella desata el lazo, y va y grita, y dice que no se refería a un caballo despellejado. Es lo que te digo, no sabe lo que quiere.

—Sí —añadió una voz desde debajo del taburete de Silverfish—. Si ahora mismo me largara a unirme a los lobos, les estaría bien empleado.

—O sea, por ejemplo, eso de Lo que la Tempestad se Llevó —siguió Silverfish—. Ni siquiera es real. Las cosas no fueron así. No es más que un montón de mentiras. Cualquiera vale para contar mentiras.

—Sí —dijo Detritus—. Y otra cosa, va y dice, una chica quiere música bajo la ventana, y yo toco música bajo la ventana, todo el mundo se despierta en la calle y empiezan a pegar gritos, que si troll malo, que si qué haces golpeando piedras a estas horas de la noche… En cambio, ella ni siquiera se despierta.

—Sí —suspiró Silverfish.

—Sí —suspiró Detritus.

—Sí —suspiró la voz bajo el taburete.

Por supuesto, el propietario del bar estaba de lo más alegre. No era en absoluto difícil estar alegre cuando tus clientes se comportaban como pararrayos para cualquier desgracia que flotara por los alrededores. Ya había llegado a la conclusión de que no valía la pena decir cosas como «No te preocupes, míralo por el lado bueno», porque nunca había un lado bueno», ni «Anímate, quizá eso no llegue a pasar», porque a menudo eso ya había pasado. Lo único que se esperaba de él era que sirviera las bebidas con rapidez.

Pero, aquella mañana, estaba un poco desconcertado. Parecía haber una persona más junto a la barra, aparte de quienquiera que le estuviera hablando desde el suelo. No dejaba de tener la sensación de que servía una copa de más, incluso de que le pagaban por ella, hasta estaba seguro de que hablaba con el misterioso cliente. Pero no podía verlo. De hecho, no estaba seguro de lo que veía, ni de con quién hablaba.

Se dirigió hacia el otro extremo de la barra.

Un vaso se deslizó hacia él.

OTRA DE LO MISMO —pidió una voz desde entre las sombras.

—Eh… —titubeó el camarero—. Sí. Claro. ¿Qué era?

CUALQUIER COSA.

El camarero llenó el vaso de ron. Alguien lo hizo desaparecer. Intentó decir algo, cualquier cosa. Sin saber muy bien por qué, estaba aterrorizado.

—No viene mucho por aquí, ¿verdad? —consiguió tartamudear.

ME GUSTA EL AMBIENTE. OTRA DE LO MISMO.

—¿Qué, trabaja en Holy Wood? —insistió desesperadamente el camarero, llenando el vaso a toda velocidad.

Volvió a desaparecer.

HACE TIEMPO QUE NO. OTRA DE LO MISMO.

El camarero titubeó. En el fondo, tenía un alma bondadosa.

—¿No cree que ya ha tenido bastante? —preguntó con amabilidad.

SÉ MUY BIEN CUANDO HE TENIDO BASTANTE.

—Todo el mundo dice lo mismo.

SÉ CUANDO HA TENIDO BASTANTE TODO EL MUNDO.

Aquella voz tenía una cualidad muy extraña. El camarero no estaba del todo seguro de estar oyéndola con las orejas.

—Oh, bueno —suspiró—. ¿Otra de lo mismo?

NO. MAÑANA ME AGUARDA UN DÍA AJETREADO. QUÉDESE CON EL CAMBIO.

Un puñado de monedas cayó sobre el mostrador. Estaban heladas al tacto, y la mayoría parecían muy viejas y oxidadas.

—Eh, esto… —empezó el camarero.

La puerta se abrió y se cerró, dejando entrar una ráfaga de aire frío pese a la calidez del amanecer.

El camarero limpió la barra con gestos distraídos, esquivando cuidadosamente las monedas.

—En un bar se conoce a gente muy rara —murmuró.

SE ME OLVIDABA —dijo una voz junto a su oído—. UN PAQUETE DE CACAHUETES, POR FAVOR.

 

La nieve brillaba en las cimas de las Montañas del Carnero situadas más cerca de la Periferia. Las Montañas del Carnero son esa gigantesca cordillera que, al curvarse en torno al Mar Circular, forma un muro natural entre Klatch y las grandes llanuras de Sto.

Allí había espantosos glaciares, allí tenían lugar terribles avalanchas, entre los elevados campos silenciosos cubiertos de nieve.

Y también había yetis. Los yetis pertenecen a una especie que vive en las grandes alturas, tienen cierto parentesco con los trolls, e ignoran por completo que devorar a la gente ya no está de moda. Su filosofía es: si se mueve, cómetelo. Si no se mueve, espera a que se mueva. Y cómetelo.

Habían estado escuchando los sonidos todo el día. Los ecos habían rebotado de pico en pico a lo largo de la cordillera congelada, y ahora eran un estruendoso retumbar sordo.

—Mi primo —dijo uno de ellos, que se hurgaba perezosamente en un diente podrido con una zarpa—, dijo que eran animales grises, enormes. Elefantes.

—¿Más grandes que nosotros? —se interesó el otro yeti.

—Casi tan grandes como nosotros —replicó el primero—. Y me dijo que eran montones. Más de los que él era capaz de contar.

El segundo yeti olfateó el viento y pareció meditar sobre la afirmación.

—Sí, bueno —dijo, malhumorado—. Pero es que tu primo sólo sabe contar hasta uno.

—Dijo que había muchos unos. Grandes elefantes grises, gordos, todos atados unos a otros, subiendo. Muy grandes, muy despacio. Y llevaban montones de oograah.

—Ah.

El primer yeti señaló la vasta llanura nevada.

—Hoy es bien profunda —dijo—. Aquí nada se puede mover deprisa, ¿no? Si nos tumbamos en la nieve, no nos verán hasta que estén encima de nosotros. Los asustaremos y Comeremos Bien. —Hizo un gesto con una de sus gigantescas zarpas—. Mi primo dijo que eran muy pesados —insistió—. No se moverán muy deprisa, créeme.

El otro yeti se encogió de hombros.

—Bueno, vamos —dijo, levantando la voz para hacerse oír por encima de los ecos del barritar.

Se tendieron en la nieve. Sus pellejos blancos los transformaban en dos montecillos de aspecto inofensivo. Era una técnica que les había funcionado una y otra vez, y se había transmitido de yeti en yeti durante miles de años, aunque no seguiría transmitiéndose mucho más tiempo.

Aguardaron.

Se oyó el ruido de la manada al aproximarse.

Al final, el primer troll volvió la cabeza hacia el otro.

—¿Qué obtienes…? —empezó con voz pausada, porque llevaba mucho tiempo meditando esto—. ¿Qué obtienes si cruzas… una montaña con un elefante?

Nunca llegó a obtener una respuesta.

Los yetis habían estado en lo cierto.

Cuando los quinientos dos elefantes llegaron al risco, a noventa kilómetros por hora, barritando aterrorizados, no vieron a los yetis hasta que no estuvieron literalmente encima de ellos.

 

Víctor sólo pudo dormir dos horas, pero cuando se levantó se sentía mucho más descansado y optimista.

Todo había terminado. A partir de aquel momento, las cosas irían mucho mejor. Ginger había sido bastante amable con él la noche anterior… bueno, hacía unas horas… y, fuera lo que fuera lo que había en la colina, había quedado enterrado para siempre.

A veces pasaban cosas como aquélla, pensó mientras echaba un poco de agua en la jofaina agrietada para lavarse rápidamente. El espíritu de rey malvado o un mago retorcido, cuando enterraban el cadáver, trataba de arreglar un poco las cosas, o algo por el estilo. No era nada fuera de lo corriente. Pero ahora debía de haber un millón de toneladas de roca bloqueando el túnel, y eso no había espíritu que se lo saltara.

Por un breve instante, recordó la pantalla, desagradablemente viva, pero ahora ya no le parecía tan aterradora. La cueva había estado muy oscura, las sombras parecían moverse, y además él había estado más tenso que la cuerda de un reloj, no era de extrañar que los ojos le hubieran jugado una mala pasada. También había estado la cuestión de los esqueletos, pero ahora no le resultaban tan aterradores. Víctor conocía las leyendas sobre los jefes de tribus de las llanuras gélidas, que se hacían enterrar en compañía de ejércitos enteros de hombres a caballo, para que sus almas vivieran en el otro mundo. Quizá allí hubiera habido una civilización semejante en el pasado. Sí, a la fría luz del día todo resultaba mucho menos aterrador.

Porque en realidad era eso. Luz fría.

La habitación estaba llena de esa luz que hay cuando te despiertas una mañana de invierno y sabes, por la luz, que ha nevado. Era una luz sin sombras.

Salió a la ventana, y contempló el pálido brillo dorado.

Holy Wood había desaparecido.

Las visiones de lo acontecido durante la noche volvieron a poblar su mente, igual que vuelve la oscuridad cuando se va la luz.

Espera un momento, espera un momento, pensó, combatiendo el pánico. No es más que niebla. Estamos muy cerca del mar, alguna vez tenía que haber niebla. Y si brilla es porque ha salido el sol. La niebla no tiene nada de extraño. No son más que pequeñas gotas de agua suspendidas en el aire. Sólo eso, nada más.

Se puso la ropa a toda velocidad, abrió la puerta que daba al pasillo y estuvo a punto de tropezar con Gaspode, que estaba tendido cuan largo era ante la puerta, como el felpudo más apolillado del mundo.

El perrito se levantó inseguro, y clavó en Víctor la mirada de sus ojos amarillentos.

—Oye —dijo—, quiero que esto quede bien claro, no estoy tumbado delante de tu puerta porque sea un perro leal protegiendo el sueño de su amo, ni ninguna de esas tonterías. Lo que pasó fue que, cuando volví…

—Cállate, Gaspode.

Víctor abrió la puerta exterior. La niebla se coló en la casa. Parecía tener un talante explorador. Entraba como si hubiera estado aguardando aquella oportunidad.

—La niebla no es más que niebla —dijo en voz alta—. Vamos. Hoy es cuando viajamos a Ankh-Morpork, ¿o ya te habías olvidado?

—Tengo la cabeza como el fondo de una cesta para gatos —se quejó Gaspode.

—Ya dormirás un poco en el carro. Bien pensado, creo que yo haré lo mismo.

Dio unos pasos en el brillo argentino y, casi al momento, se perdió. Los edificios se cernían vagamente sobre él en el aire espeso, húmedo.

—¿Gaspode? —llamó, titubeante.

La niebla no es más que niebla, se repitió. Pero parece abarrotada. Da la sensación de que, si se despejara de repente, vería a mucha gente mirándome. Desde fuera. Y eso es ridículo, porque yo estoy fuera, y no hay nada fuera de fuera. Por lógica.

—Supongo que querrás que te guíe —dijo una voz presuntuosa junto a su rodilla.

—Hay mucho silencio, ¿no te parece? —replicó Víctor, tratando de hablar con tranquilidad—. Supongo que la niebla amortigua todos los ruidos.

—Claro, aunque también es posible que hayan surgido del mar unas criaturas fantasmales que hayan acabado con todo bicho viviente excepto con nosotros —replicó Gaspode con voz alegre.

—¡Cállate!

Una mole amenazadora se acercó a ellos entre el brillo. Al acercarse, pareció encoger, y los tentáculos y las antenas con que lo había dotado la imaginación de Víctor se convirtieron en las piernas más o menos vulgares de Soll Escurridizo.

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