Dune (Crónicas de Dune, #1) – Frank Herbert

—Temo que me hayáis encontrado con la cabeza entre las nubes —dijo—. Cuando… cuando me siento inquieto por vos, temo que pienso en vos como… bien, como en Jessica.

—¿Inquieto por mí? ¿Por qué?

Yueh se alzó de hombros. Desde hacía tiempo se había dado cuenta de que Jessica no tenía el don completo de Decidora de Verdad como había tenido su Wanna. Sin embargo, le decía a Jessica la verdad cada vez que le era posible. Era más seguro.

—Habéis visto este lugar, mi… Jessica —vaciló en el nombre, y siguió rápidamente—: Es todo tan desnudo, después de Caladan. ¡Y la gente! Todas aquellas mujeres, a lo largo de vuestro camino, gimiendo tras sus velos… ¡Y el modo como os miraban!

Jessica apretó el brazo contra su pecho, sintiendo el contacto del crys, de la hoja obtenida del diente de un gusano de arena, si lo que se decía era cierto.

—También nosotros les parecemos extraños a ellos… gente distinta con distintas costumbres. Hasta ahora sólo habían conocido a los Harkonnen —miró a su vez a través de la ventana—. ¿Qué era lo que mirábais fuera?

El hombre miró también por la ventana.

—La gente.

Jessica avanzó hasta situarse a su lado, y siguió la dirección de su mirada, frente a la casa, hacia la izquierda, allá donde estaba centrada la atención de Yueh. Había una hilera de veinte palmeras, y la tierra debajo de ellas estaba limpia y cuidada. Una barrerapantalla las separaba de la gente que pasaba, envuelta en sus ropas, por la calle. Jessica notó el ligero temblor del aire entre ella y la gente -el escudo que rodeaba la casa-, y estudió a la gente que pasaba, preguntándose qué era lo que absorbía tanto a Yue h. La comprensión emergió bruscamente, y se llevó una mano al rostro. ¡La gente que pasaba contemplaba las palmeras! Y en sus rostros se leía la envidia, en algunos el odio… y también algo de esperanza. Cada persona que pasaba miraba los árboles con hipnótica fijeza en su expresión.

—¿Sabéis lo que están pensando? —preguntó Yueh.

—¿Pretendéis poder leer los pensamientos? —se sorprendió ella.

—Sus pensamientos —dijo él—. Miran esos árboles y piensan: «Aquí hay un centenar de nosotros». Eso es lo que piensan.

Ella le miró, perpleja y cejijunta.

—¿Por qué?

—Son palmeras datileras —dijo el hombre—. Cada palmera datilera absorbe cuarenta litros de agua al día. Un hombre necesita solamente ocho litros. Una palmera, pues, equivale a cinco hombres. Aquí hay veinte palmeras… o sea cien hombres.

—Pero algunos entre esa gente miran a los árboles con esperanza.

—Esperan que caiga algún dátil, pero no es la estación.

—Miramos este lugar con ojos demasiado críticos —dijo ella—. Hay aquí tanta esperanza como peligro. La especia puede hacernos ricos. Con un tesoro tan grande, podríamos transformar completamente este mundo.

Y se rió silenciosamente para sí misma: ¿A quién intento convencer?

Su risa resonó entre todas sus compulsiones, emergiendo secamente, sin alegría.

—Pero uno no puede comprar la seguridad —dijo.

Yueh giró su rostro para ocultarlo de ella. ¡Si al menos fuera posible odiar a esa gente en vez de amarla! En sus ademanes, en muchos de sus detalles, Jessica se parecía a su Wanna. Pero aquellos pensamientos afirmaron aún más su decisión. La crueldad de los Harkonnen era tortuosa. Quizá Wanna estuviera aún viva. Tenía que estar seguro de ello.

—No os preocupéis por nosotros, Wellington —dijo Jessica—. El problema es nuestro, no vuestro.

¿Cree que me preocupo por ella! Parpadeó para ocultar sus lágrimas. Y es cierto, por supuesto. Pero debo afrontar a ese negro Barón una vez cumplida su voluntad, y aprovechar entonces el momento oportuno para golpearle cuando esté más débil… ¡en el momento de su triunfo!

Suspiró.

—¿Molestaré a Paul si voy a echarle una ojeada? —preguntó Jessica.

—En absoluto. Le he dado un sedante.

—¿Soporta bien el cambio?

—Tan sólo está un poco más cansado que de costumbre. Está excitado, pero, ¿qué muchacho de quince años no lo estaría en tales circunstancias? —Se dirigió hacia la puerta y la abrió—. Aquí está.

Jessica le siguió, aguzando la mirada en la penumbra.

Paul dormía en una estrecha cama, con un brazo metido bajo un ligero cubrecama y el otro sobre su cabeza. La claridad que atravesaba las persianas ponía una trama de luz y sombras en el rostro y el cubrecama.

Jessica miró a su hijo, observando aquel rostro ovalado tan parecido al suyo. Pero los cabellos eran los del Duque… negros como el carbón y enmarañados. Las largas pestañas ocultaban unos ojos verdes. Jessica sonrió, sintiendo que sus temores se desvanecían. De pronto se dio cuenta de cómo iban apareciendo las ascendencias genéticas en los rasgos de su hijo: los ojos eran los suyos, y también las líneas faciales, pero los aguzados rasgos del padre iban mostrándose cada vez más acusados, como la madurez emergiendo de la adolescencia.

Concibió los rasgos del muchacho como la refinada destilación de un proceso casual, una interminable hilera de coincidencias que convergían en un nexo. Sintió deseos de arrodillarse junto a la cama y apretarlo entre sus brazos, pero la presencia de Yueh se lo impidió. Retrocedió, y cerró suavemente la puerta.

Yueh había vuelto a la ventana, incapaz de permanecer junto a Jessica contemplando a su hijo. ¿Por qué Wanna no me dio hijos?, se dijo así mismo. Soy doctor, sé que no había ningún impedimento físico. ¿Acaso existe alguna explicación Bene Gesserit? ¿Es posible que estuviera destinada a algún otro fin? ¿Pero cuál? Ella me amaba, estoy seguro.

Por primera vez se sintió presa del pensamiento de que tal vez él formaba parte de un plan mucho más vasto y complejo de lo que su mente fuera nunca capaz de concebir. Jessica se detuvo a su lado, y dijo:

—Qué delicioso abandono hay en el sueño de un niño.

—Si los adultos pudieran relajarse también así… —dijo el hombre maquinalmente.

—Sí.

—¿Dónde perdimos eso? —murmuró él.

Ella le miró, captando algo extraño en su tono, pero su mente estaba dirigida a Paul, pensando en los nuevos rigores de su adiestramiento, pensando en lo distinta que sería su vida ahora… tan distinta a la vida que habían planeado para él.

—Sí, perdemos algo —dijo.

Miró afuera, hacia la derecha, viendo el agitarse gris verdoso de los arbustos bajo el soplo del viento… hojas polvorientas y ramas sarmentosas. El oscuro cielo colgaba sobre el declive como una mancha, y la lechosa luz del sol arrakeno inundaba la escena de reflejos plateados, como los del crys que guardaba en su seno.

—El cielo es tan oscuro —murmuro.

—Es debido en parte a la falta de humedad —dijo el hombre.

—¡Agua! —exclamó ella—. ¡Hacia cualquier parte que se gire una, siempre se ve envuelta por esta falta de agua!

—Este es el precioso misterio de Arrakis —dijo él.

—¿Pero por qué hay tan poca? Las rocas aquí son volcánicas. Y podría citar otra docena de fuentes posibles. Hay el hielo de los polos. Dicen que es imposible horadar en el desierto, que las tormentas y las mareas de arena destruyen los equipos antes de que terminen de instalarse, sino son devorados antes por los gusanos. De todos modos, nunca han encontrado agua allí. Pero el misterio, Wellington, el auténtico misterio, son esos pozos excavados aquí en los sink y en las depresiones. ¿Habéis oído hablar de ellos?

—Primero un hilillo de agua, y luego nada —dijo el hombre.

—Pero, Wellington, ese es el misterio. El agua está ahí. Primero surge, luego se para, y ya no hay agua nunca más. Pero otra excavación en sus proximidades produce el mismo resultado: un hilillo de agua, y luego nada. ¿Nadie se ha sentido nunca intrigado por eso?

—Sí, es curioso —dijo Yueh—. ¿Sospecháis la presencia de algo vivo? ¿No creéis que los análisis del terreno lo hubieran revelado?

—¿Qué hubieran revelado? ¿Una planta extraña… o un animal? ¿Cómo identificarlo?

—miró de nuevo hacia afuera—. El agua se detiene. Algo la absorbe e impide que fluya. Estoy segura de ello.

—Quizá se conozca ya la razón —dijo el hombre—. Los Harkonnen censuraron muchas fuentes de información sobre Arrakis. Quizá tenían razón para suprimir ésta.

—¿Qué razón? —preguntó ella—. Por otro lado, hay la humedad atmosférica. No mucha, es cierto, pero existe. Es la mayor fuente de agua aquí, gracias a las trampas de viento y a los precipitadores. ¿De dónde proviene?

—¿De los casquetes polares?

—El aire frío arrastra muy poca humedad, Wellington. Hay cosas, tras el velo de los Harkonnen, que merecen investigarse a fondo, y no todas están relacionadas directamente con la especia.

—Ciertamente, estamos envueltos en el velo de los Harkonnen —dijo él—. Quizá… —Se interrumpió, notando la repentina intensidad de la mirada de Jessica—. ¿Ocurre algo?

—El modo en que habéis dicho «Harkonnen» —dijo ella—. Ni siquiera la voz de mi Duque está tan cargada de veneno cuando pronuncia este odiado nombre. No sabía que tuviérais alguna razón personal para odiarlos, Wellington.

¡Gran Madre!, pensó Yueh. ¡He despertado sus sospechas! Ahora debo emplear todos los trucos que me enseñó mi Wanna. Es la única solución: decirle la verdad tanto como pueda.

—¿Ignoráis que mi esposa, mi Wanna…? —dijo. Se inte rrumpió, sintiendo que las palabras se ahogaban en su garganta. Luego—: Ella… —las palabras se negaron a salir. Se sintió ganado por el pánico, cerró fuertemente los ojos, notando la agonía en su pecho hasta que una mano tocó suavemente su brazo.

—Perdonad —dijo Jessica—. No quería abrir una vieja herida—. Y pensó: ¡Esas bestias! Su esposa era una Bene Gesserit… los signos están por todo él. Y es obvio que los Harkonnen la mataron. No es más que otra víctima, ligada a los Atreides por un odio común.

—Lo siento —dijo Yueh—. Soy incapaz de hablar de ello. —Abrió los ojos, abandonándose a las garras del sufrimiento interno. Este, al menos, era verdadero. Jessica lo estudió, sus pómulos acusados, los reflejos dorados en sus almendrados ojos, su amarillenta piel y el chocante bigote que caía formando una curva a ambos lados de sus empurpurados labios y el aguzado mentón. Las arrugas en sus mejillas y su frente eran debidas tanto al dolor como a la edad. Sintió un profundo afecto hacia él.

—Wellington, siento que os hayamos traído hasta un lugar tan peligroso —dijo.

—He venido por mi propia voluntad —dijo él. Y esto también era verdad.

—Pero este planeta no es más que una inmensa trampa Harkonnen. Y vos sabéis esto.

—Hace falta mucho más que una trampa para atrapar al Duque Leto —dijo el hombre. Y esto también era verdad.

—Tal vez yo debiera tener más confianza en él —dijo Jessica—. Es un brillante estratega.

—Hemos sido desarraigados —dijo Yueh—. Es por eso por lo que nos sentimos tan incómodos.

—Y es tan fácil matar una planta desarraigada —dijo ella—. Especialmente cuando es plantada en un suelo hostil.

—¿Estamos seguros de que el suelo es hostil?

—Ha habido luchas por el agua cuando se ha sabido la cantidad de gente que añadiría a la población la llegada del Duque —dijo Jessica—. Y sólo han cesado cuando la gente ha visto que instalábamos nuevos condensadores y trampas de viento a fin de absorber esta sobrecarga.

—Hay una cantidad limitada de agua para sustentar la vida humana aquí —dijo él—. La gente sabe muy bien que si vienen otros a beber, el precio del agua subirá y los más pobres morirán. Pero el Duque ha resuelto este problema. Las luchas no significan una permanente hostilidad hacia él.

—Y los guardias —dijo ella—. Guardias por todas partes. Y escudos. Se puede ver el temblor del aire por cualquier lado que uno mire. No vivíamos así en Caladan.

—Dadle a este planeta una oportunidad —dijo él.

Pero Jessica siguió mirando con ojos duros a través de la ventana.

—Siento la muerte en este lugar —dijo—. Hawat ha enviado aquí un batallón de sus agentes como vanguardia. Esos guardias de ahí afuera son sus hombres. Los descargadores son sus hombres. Ha habido importantes e inexplicados desembolsos de dinero del tesoro últimamente. Esas sumas sólo significan una cosa: corrupción en las altas esferas. —Agitó su cabeza—. Allá donde va Thufir Hawat, le acompañan la muerte y la traición.

—Le estáis insultando.

—¿Insultando? Le alabo. Muerte y traición son nuestra única esperanza ahora. Sólo que no me dejo engañar por los métodos de Thufir.

—Deberíais… encontrar alguna ocupación —dijo el hombre—. No pasar todo el tiempo con esos mórbidos…

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